En una montaña de maracuyá, donde el aire regala canciones de hadas, encontré un colibrí, hablaba el idioma de la Tierra. Yo, viajero de asfalto y razón, sabía de matemática, no de misterio, relojes de plata, pero no el ritmo de la Luna y Sol. Sus alas pintaban el cielo con secretos del universo, y me mostró que las raíces hablan, si tu alma sabe escuchar. Y cambié cemento por tierra entre mis dedos.